Del Mac al Spectrum
La culpa de todo la tuvo José Antonio Turégano. Cuando había realizado ya las entrevistas de los personajes centrales para este libro, se me ocurrió preguntarme quiénes y cómo se habían movido en Internet antes de 1995 en estas tierras, y remontando dificultosamente la corriente llegué nada menos que hasta 1984. Me lo dijeron varias personas: todo empezó con Turégano. Y un día de cierzo helador de noviembre de 2001 fui a verle al Edificio B del Centro Politécnico Superior, en Zaragoza.
José Antonio Turégano es profesor del Departamento de Ingeniería Mecánica. Pero sobre todo es un veterano de muchos frentes. Físico de formación, el motivo por el que algunas personas lo sitúan al inicio de un proceso clave en la historia de la Universidad de Zaragoza es su papel como director del Centro de Cálculo, puesto que desempeñó entre 1984 y 1987. Formaba parte de una hornada de profesores progresistas que llegaron al poder en la Universidad en el equipo del rector Vicente Camarena y con una sed histórica de cambiarlo casi todo. Independientemente de lo que consiguieran en otras áreas, donde sí lograron un cambio radical fue en la informática, que hasta entonces se limitaba al mantenimiento de las típicas instalaciones mainframe, aquellos ordenadores centralizados con terminales tontos distribuidos por el campus.
Era una estructura poco flexible y escasamente adecuada a las necesidades reales de la comunidad universitaria. La mayor parte del uso lo consumía el proceso de textos, pero al mismo tiempo la demanda de más capacidad de cálculo por parte de los usuarios más avanzados implicaba unos cuantiosos desembolsos en procesadores y memorias. Así que, después de realizar un estudio sobre los usos reales y las necesidades previstas, Turégano decide que ha llegado la hora de que la Universidad entre en la era del ordenador personal, entre otras cosas porque comprar pecés es mucho más barato y soluciona la mayor parte de los problemas de la mayor parte de los usuarios.
Entre las alternativas que se consideraron estuvieron unos ordenadores de Hewlett-Packard con un primitivo sistema de pantalla táctil y ordenadores con ratón Amiga y Atari, pero finalmente se inclinaron por los Macintosh de Apple. En 1984 los Mac tenían escasa competencia objetiva frente al PC que IBM había sacado al mercado en agosto de 1981 y que se encontraba todavía muy poco evolucionado. Con el enorme éxito del Apple II, del que hasta entonces se habían vendido dos millones de unidades en las distintas versiones producidas a partir el modelo original de 1977, la empresa de los dos Steve, Wozniak y Jobs, era el valor de referencia en la informática personal. El sistema de menús gráficos, iconos y ventanas –en el que después se inspiraría Windows y que, por otra parte, procedía originalmente de los laboratorios de investigación de Xerox- de aquel primer Macintosh resultaba revolucionario frente al resto de las ofertas, sobre todo teniendo en cuenta que el objetivo del Centro de Cálculo en ese momento era disponer de unas máquinas fáciles de utilizar, que se pudieran usar sin necesidad de tener conocimientos de informática. Eso significaba un cambio de profundas consecuencias: sacar a la informática del circuito de los especialistas al de los usuarios, convertirla no en una ciencia sino en un servicio público para toda la comunidad universitaria.
Turégano recuerda sin necesidad de mirar ningún papel que el primer Mac les costó 272.000 pesetas y tenía 400 Kb. de memoria. En poco tiempo, la Universidad de Zaragoza se convirtió en la que más ordenadores tenía de toda España; todos los departamentos del campus contaban al menos con uno y en todos los centros había una sala de usuarios de acceso libre para los universitarios. También desarrollaron unas herramientas llamadas HIPPYE (Herramientas informáticas para profesores y estudiantes), que han formado a más de cien mil estudiantes desde entonces, o la red REDIEZ (Red de Información en Zaragoza).
La elección de los Mac resultaría crucial para otra persona que ha sido clave en la historia de la informática zaragozana, Juan Fabre. Junto con otro socio, era el propietario y fundador del distribuidor local de Apple. Las dimensiones de su negocio se multiplicaron en poco tiempo. Sólo en dos años vendió dos mil Mac en la Universidad (para la propia institución o para uso particular de profesores y estudiantes). Turégano sabe que aquella decisión fue vista con suspicacias por algunos sectores, pero cree que la operación fue transparente y objetiva, porque realmente no había competencia que pudiera proporcionar las prestaciones que daban los ordenadores de la manzanita en aquel momento. Además, el hecho de ser la primera Universidad española que se decantaba por la opción Mac le permitió conseguir importantes ventajas por parte del fabricante y del distribuidor –“el trato era que nos tenían que dar siempre el precio más bajo que se pudiera encontrar en cualquier punto de España”-, que lógicamente tenían un gran interés en crear mercado, y los universitarios podían ser un cauce idóneo hacia el mundo de la empresa, un objetivo que Apple nunca llegaría conseguir por sus elevados precios, sobre todo a partir del momento en que la aparición de los clónicos del PC original de IBM desencadenó una imparable carrera de precios a la baja.
La irrupción masiva de los Mac supuso la incoporación repentina al mundo de la informática de miles de universitarios. Esa descentralización resultaba clave para propiciar el desarrollo de las redes como la consecuencia natural de ese proceso en el que los usuarios pasaban a tener el control en lugar de depender para todo de remotos administradores. Ese cambio de mentalidad era un requisito imprescindible para hacer posible la aparición de las grandes redes externas de comunicación y de Internet como fenómeno social. En ese sentido, los Mac aportaban también la ventaja de que en aquel momento resultaban mucho más fáciles de configurar para utilizar en pequeñas redes locales. Cuando Turégano deja la dirección del Centro de Cálculo en 1987, hay ya varios proyectos en marcha de instalación de redes en varios centros. Ese mismo año la Universidad de Zaragoza estrenó acceso al correo electrónico.
Otra de esas ventajas colaterales fue la obtención de Apple de recursos para formación y para becarios en el Centro de Cálculo, que se convertiría en el vivero del que saldrían algunos de los pioneros de la movida universitaria en Internet. Uno de aquellos becarios era Alejandro Rivero, por entonces estudiante de Físicas en la Facultad de Ciencias y hoy profesor de Informática de la Escuela de Ingeniería Técnica de Teruel tras haber pasado por la Universidad Carlos III, en Madrid, y por la ciudad inglesa de Kent, donde trabajó para una subcontrata de Marconi en la elaboración del ordenador de vuelo del Eurofighter.
A Rivero le cabe el honor de haber puesto en marcha, junto con Carlos Piedrafita –un colega de doctorado del Departamento de Física Teórica, que trabaja en la actualidad para Sun Microsystems-, el primer servidor de páginas web que hubo en Zaragoza. Alejandro se había incorporado como becario al Centro de Cálculo en 1986, nada más entrar en la Universidad, para ayudar a los nuevos usuarios de Macintosh. El integrarse desde el principio en aquel núcleo tecnológico le dio la oportunidad de vivir en primera persona –él dice sufrir- la rápida evolución de las redes digitales en aquellos años: desde el sistema de comunicaciones universitario DECnet y protocolos X25 hasta Internet y el TCP/IP, pasando por una época de correo electrónico empaquetado que llamaron EAN.
Los físicos han tenido un papel relevante en el desarrollo de Internet. Es bien conocido que la World Wide Web fue concebida en el CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas) por el investigador Tim Berners-Lee y que ese centro suizo, como nexo de contacto de muchos físicos de todo el mundo, fue un eficaz foco difusor de las maravillas del hipertexto. Pero esa activa presencia en el mundo de las redes, favorecida por una tradición de uso de recursos compartidos entre un número relativamente escaso de especialistas repartidos por muchos países, era anterior a la aparición de la web. En Aragón, por ejemplo, la primera conexión estable a una de las redes europeas predecesoras de Internet la tuvo el Departamento de Fisica Nuclear de la Universidad de Zaragoza; se trataba de una conexión a la red FAENET (Física de Altas Energías) que funcionó desde 1986 a 1992, según cuentan José Luis Briz y Chaime Marcuello en la Enciclopedia Aragonesa. En un guiño corporativo, Alejandro Rivero apunta que “los físicos construyen esas cosas llevados por la necesidad, mientras que los de I+D lo hacen por la expectativa de futuro negocio”.
En el Departamento de Fisica Teórica en el que por entonces trabajaban, Rivero y Piedrafita habían tenido durante todo el año 93 un servidor Gopher para organizar la información interna del propio departamento. El sistema Gopher, desarrollado por la Universidad de Minnesota y que permitia organizar páginas sólo de texto en Internet a base de menús, disputó inicialmente al protocolo http del CERN (ambos aparecieron en 1991, aunque este no empezaría a divulgarse ampliamente hasta la aparición del primer navegador, dos años más tarde) la hegemonía del mundo Internet aunque pronto cayó en desuso por sus limitaciones gráficas. En ese año 93 se presentó Mosaic, el primer navegador de páginas web, y Rivero se encaprichó con la idea de cambiar del Gopher a un sistema que permitiera poner fotos e imágenes de todo tipo. Aprovechando las vacaciones de Navidad, cargaron en un PC 386 un sistema operativo Linux, que empezaba entonces a adquirir renombre en las redes, y lo pusieron a funcionar como servidor web, bajo el protocolo http del CERN y con el dominio dftuz.unizar.es.
El primer servidor web en España había sido creado sólo tres meses antes, en septiembre del 93, en la Universitat Jaume I de Castellón, por un grupo liderado por el profesor de Educacion Jordi Adell, que ya un año antes había puesto en marcha el primer servidor gopher del país. Este mismo grupo mantuvo en funcionamiento un directorio de servicios web en España (Dónde?) que fue totalmente pionero en su género y que resultó un perfecto antecedente de los grandes portales que conocemos hoy. Rivero asegura que el servidor de Físicas fue el quinto que hubo en España. El 93 se cerró con tan sólo trece direcciones web en el país, todas ellas vinculadas a instituciones universitarias.
Aquella primera web zaragozana incluía información departamental y las páginas personales de algunos profesores; pero su mayor virtud es que sirvió como una especie de vivero (“criadero de webs”, dice su promotor) para alojar las primeras páginas de entidades de dentro y fuera de la Universidad antes de que el fenómeno empezara a extenderse. Allí se incubó, por ejemplo, la web del área de Historia Antigua de la Facultad de Letras, impulsada por Pilar Rivero, hermana de Alejandro, o el de la Agrupación Astronómica Aragonesa.
Pese al impacto social que iba a tener el sistema de páginas web (el Internet multimedia, como se le denominó durante algún tiempo), en la Universidad su llegada no causó demasiada expectación porque se asumió como uno más de los pasos en la evolución de Internet. El servicio de correo electrónico había empezado a utilizarse a partir de 1987 y la constitución al año siguiente de Red IRIS, que interconectaba los recursos informáticos de las universidades españolas, aceleró el camino hacia Internet. En 1990 Red IRIS adopta por fin los protocolos TCP/IP y permite acceder a algunos servicios de Internet, hasta que en 1992 se consigue ya un acceso pleno a todas las funciones..
“La verdadera revolución de la época entre los expertos fue Linux”, asegura Alejandro Rivero, para quien la era Macintosh estaba tocando entonces a su fin en al ámbito de las redes, aunque había un “último de Filipinas” defendiendo ardorosamente el fuerte desde sus trincheras del CPS: el Guti.
José Antonio Gutiérrez responde al perfil de un auténtico computer geek (por supuesto, en la más positiva de las acepciones que muestra The Jargon Dictionary). Atrincherado tras una enorme pantalla de Silicon Graphics desde la que administra los ordenadores del Departamento de Informática del CPS, en un despacho gris y mal iluminado, de techos inmensos y bloqueado por grandes cajas de cartón, Guti me explica a ráfagas, mientras vigila los crípticos mensajes del monitor, que él fue el responsable de la instalación del segundo servidor de páginas web que hubo en toda la Universidad. Persephone era un experimento, a medias entre sus ocurrencias personales (musicales, literarias e informáticas) y la distribución de software realizado por el Grupo de Informática Gráfica Avanzada que dirigía Paco Serón. Empezó a funcionar en marzo de 1994 –y ahí sigue todavía: persephone.cps.unizar.es-, montado en el mismo ordenador en que José Antonio estaba realizando su proyecto de fin de carrera.
Hubo un breve periodo de tiempo, desde la introducción de las páginas web hasta el desembarco de las grandes empresas de telecomunicaciones en la red, en el que Internet fue una especie de paraíso libertario. Su propia filosofía de funcionamiento, en la que cada nodo podía funcionar de forma autónoma y a la vez interactuar con cualquier otro miembro de la red, parecía surgida del pensamiento contrainstitucional. Por eso no fue raro que entre los pioneros de aquella tecnología aparecieran personas receptivas a las ideas anarcosindicalistas ni, desde luego, que las primeras iniciativas se desarrollasen al margen de una autoridad competente que, en la mayoría de los casos, tardó bastante en comprender aquel fenómeno y sus implicaciones. Incluso en un centro tecnológico como el CPS, no hubo una página web oficial hasta febrero de 1995.
Los ordenadores personales dieron autonomía a los usuarios; las primeras redes rompieron su aislamiento; e Internet les abrió las puertas a una interactividad que no tenía límites geográficos ni precisaba de institucionalización alguna. Por eso era lo más normal del mundo que la gente se lo montara por su cuenta en las universidades sin esperar a recibir instrucciones o permisos. Cuando Guti puso en marcha aquel heterodoxo Persephone, ya era para entonces una referencia imprescindible en el mundo informático de la Universidadl. Desde el año 92 tenía en funcionamiento un servidor llamado IVO, que gestionaba correo electrónico, transferencia de ficheros FTP, menús gopher... Aunque quizás el mejor ejemplo de su devoción por las redes era Superlópez, un servidor semiclandestino montado en el mismo ordenador en el que programaba (de vez en cuando se colgaba) y basado simplemente en la herramienta de compartir carpetas que incorporaba el Mac; tenía un buzón para recibir software y otro para consultas, que contestaba en sus ratos libres. Aquello empezó a tener éxito (había software comercial, aunque sólo accesible desde dentro de la Universidad) y finalmente tuvo que pasarlo a una máquina dedicada. En la actualidad ha sido incorporado al servidor IVO, pero sólo incluye programas de dominio público.
Guti es un maquero incombustible. Por eso Rivero lo recuerda como el último de Filipinas defendiendo la isla de la manzana. José Antonio reconoce que “en general, Linux/Unix es el sistema más adecuado para montar servidores de Internet, por facilidad de control de todo tipo de parámetros y la gran disponibilidad de software para montar todo tipo de servicios, así como la mayor facilidad de administración remota. Pero –no se rinde- disponiendo del software apropiado, que existe, nada impide usar servidores Apple/MacOS. Es más, la mayor complejidad de los mecanismos de interacción entre procesos y la menor disponibilidad inicial de servicios externos lo convierten en la práctica en un servidor más seguro que uno basado en Windows o en Linux/Unix que no haya sido muy cuidadosamente configurado”. Sin embargo, él mismo reconoce que hacer la adaptación de los Mac a otros entornos es un trabajo “no trivial”. No falta quien apunta que quizás esa apuesta pionera por el mundo Apple, que favoreció la penetración de la informática personal de una forma mucho más rápida en Zaragoza que en otros lugares, luego podría haber influido de alguna forma en la pérdida de liderazgo cuando la tecnología Internet se desarrolla sobre todo a partir de otros sistemas operativos..
A mediados de los noventa, no obstante, la Universidad de Zaragoza seguía exhibiendo algunas iniciativas avanzadas en relación con las redes, esta vez desde un punto de vista más social. José Luis Briz, profesor titular de arquitectura de computadores en el CPS, y Chaime Marcuello, de la Escuela de Estudios Sociales, son dos de las personas que más han agitado las aguas del Internet aragonés con sus propuestas. Una de las más novedosas fue el Servidor Popular de Información Electrónica de Aragón (SPIE). Briz y Marcuello supieron ver muy pronto que Internet podía ser una herramienta de intervención social de gran utilidad, por su alcance y por su coste, y ya en el año 94 empezaron a predicar entre algunas ONG la buena nueva de la red. El SPIE se lanzó formalmente en diciembre del 95, gracias sobre todo al impulso dado por José María Vigil, un claretiano de Zaragoza ejerciente en Centroamérica, conocido como el cura electrónico por ser el promotor de la primera revista de teología que se editaba en Internet (Koinonia.org). El Servidor Popular proporciona alojamiento a distintas organizaciones no gubernamentales y facilita el intercambio de información con otros nodos alternativos de la red. Otra iniciativa pionera fue el primer curso de doctorado que se impartió en una universidad española contando con Internet, organizado por el Departamento de Psicología y Sociología y en el que participaron los profesores Eladio Domínguez, Ángela López, José Luis Briz, Julio Rubio y Chaime Marcuello.
Por su dedicación profesional, Briz es un técnico de alta cualificación que se ha movido por la trastienda tecnológica de las redes desde hace muchos años. “Antes de que tuviéramos servicio de correo electrónico a través de Internet, recuerda, ya pude aprovechar los protocolos TCP/IP para programar un cliente y un servidor, un palmo de código en C, nada misterioso, que permitía que mis amiguetes del Renssealer Polytechnical Institute en Troy, Nueva York, imprimieran en la impresora de líneas de mi departamento”. Pero siempre ha destacado en su actividad la preocupación por la cara social de Internet y otra muestra de ello fue su papel decisivo, con el apoyo de gente como Chaime Marcuello, Julio Rubio o José Luis Fandos, entre otros, en la creación del capítulo aragonés de la Internet Society (ISOCARA) en 1997, que fue el segundo que se constituyó en España después del catalán y durante algún tiempo ostentó la representación de los capítulos españoles en los foros europeos, lo que permitió a Briz participar muy de cerca en las decisivas negociaciones que se desarrollaron durante ese tiempo para la institucionalización internacional de Internet y el nacimiento de ICANN, un proceso en el que también tendría una intervención muy destacada otro zaragozano, Javier Solá, en su caso como representante de la Asociación de Usuarios de Internet. ISOCARA está presidida en la actualidad por Manuel Moreno-Torres.
Otro de los nombres imprescindibles en cualquier crónica sobre la prehistoria del Internet aragonés es Antonio Paulo Ubieto. Hijo del reputado medievalista Antonio Ubieto, Antonio-Paulo ha sido uno de los más veteranos expertos de toda la Universidad zaragozana. Inscrito en las listas de correo de Red IRIS desde su creación a finales de los ochenta, Ubieto era un privilegiado que vio incentivada su precoz afición por la informática con la oportunidad de manejar ordenadores -inaccesibles para la mayoría de los particulares en aquellos momentos- desde los años setenta para ayudar a su padre en la edición de sus libros. Profesor de informática en Ciencias de la Documentación –donde también enseña otro de los históricos de la utilización y docencia de Internet, Jesús Tramullas-, Antonio-Paulo publicó en 1995 uno de los primeros libros editados en España sobre Internet (Documentación automatizada. Manual de uso de la red Internet). Pero no todo ocurría puertas adentro de la Universidad...
Cuando alguien te dice que, en alguna de sus sesiones de hacking, ha tenido delante una pantalla de guiado de misiles, uno suele creer que la gente tiene demasiada imaginación. Si te lo dice Ramón Martínez, a quien muchos consideran un auténtico genio de las redes de comunicaciones, una de las personas que en la primera mitad de los noventa más sabía de Internet en España, entonces empiezas a sentir una cierta emoción. Sobre todo porque dar con Ramón no había sido una tarea sencilla.
Fue Alfonso Lahuerta, el fundador de Dreams Factory, quien primero me habló de él cuando le pregunté por los expertos más brillantes que se había encontrado en el ámbito de Internet. “Busca a Ramón Martínez”, me dijo, pero nadie de la tribu parecía saber cómo localizarlo. Todos le conocían, por supuesto, pero había una extraña coincidencia general en que, en un momento dado, se había evaporado.
En cierto modo era verdad. Tras la compra de Intercomputer Soft - la empresa en la que había entrado como socio con Santiago Baselga- por los americanos de PSInet, Ramón no se adaptó bien a los modos de la multinacional para la que iba a trabajar y se marchó a casa. Con el abundante dinero que obtuvo en la venta de sus acciones, se compró una antiguo taller en un céntrico callejón de Zaragoza y lo rehabilitó como un auténtico loft neoyorquino, en el que ocupa una parte principal un estudio de grabación de música electrónica para su uso personal equipado con los artilugios más sofisticados. Desde luego, no falta una habitación con un par de ordenadores y una línea RDSI.
A sus 31 años, Ramón, con su cuerpo enjuto, gafas graduadas de sol tipo Matrix, deportivas de marca y una jerga sólo apta para tecnoadictos, parece un hombre cansado. Tiene motivos para ello, porque en este tiempo ha vivido varias vidas. Ha tenido empleos, empresas, dinero, familia, talento... y ahora quiere volver a ponerse en marcha. A vivir otra vida más.
El alicantino Ramón Martínez, Rampa, es un caso inequívoco de niño prodigio. Su madre, una radioaficionada de alto nivel, le inculcó la pasión por los artefactos electrónicos, con los que demostró una habilidad innata desde pequeño. Se enganchaba a los ordenadores de las empresas de algunos amigos de su familia y a los ocho años ya era capaz de programar. Pronto empezaría a realizar trabajos para algunas empresas, a arreglar los ordenadores de la Universidad, y descubriría rutas que el común de los mortales ignoraba para navegar por las redes telemáticas de aquellos años.
A los dieciseis años montó su propia BBS (un sistema en el que un ordenador hacía de centro de servicios de información al que otros usuarios se podían conectar por línea telefónica para descargarse las informaciones, noticias o ficheros que les interesaban), sobre un XT a 10 megahercios y con un módem de 1.200 bps (una velocidad cincuenta veces inferior a la del más corriente de los módem que se puede encontrar hoy en día). Se llamó Encom, como la empresa de videojuegos de la película Tron, de Steven Lisberger, uno de los fetiches cinematográficos para los fanáticos de las redes.
Tres años más tarde, en 1989, decide integrar su BBS en Fidonet, una red amateur de correo electrónico creada a mediados de los ochenta a partir de los protocolos desarrollados por un ciudadano estadounidense llamado Tom Jennings, que quería compartir información con un amigo utilizando uno de los primeros módem que se pusieron a la venta. Fidonet funcionaba bastante bien en España y con ella se podía obtener un servicio de correo similar al que poco después proporcionaría Internet a través de las numerosas BBS conectadas a esa red. Ramón se encontró con que en Fidonet ya había un nodo con su nombre favorito y se resignó a cambiarlo: Encom se convirtió en Encomix, siguiendo la costumbre de añadir el sufijo ix a todos los productos que corrían sobre sistemas operativos basados en Unix.
Su trayectoria sufrió un giro inesperado y decisivo en septiembre de 1990, cuando le tocó ir a hacer la mili a Zaragoza como uno de los pocos reclutas que ya por aquel entonces tenían que salir de su región para cumplir el servicio militar. Cuanto terminó la mili, Ramón ya no se marchó de la capital aragonesa. Empezó a trabajar como director de sistemas de la edición regional de Diario 16 –el histórico periódico recientemente desaparecido- y retomó de inmediato la actividad de su BBS. Aquí encontraría novia, socios y amigos.
Uno de estos, Miguel Ángel Izquierdo –todo el mundo le llama Michel- era colega suyo en las aventuras de Fidonet. Michel es otro de aquellos ilustres miembros de la Generación Spectrum, chavales nacidos en torno a 1970 y a los que la aparición del famoso ordenador de Sinclair les cogió a los catorce o quince años de edad, cuando se adquieren devociones y manías casi irreversibles. También era un activo radioaficionado, como Ramón Martínez. En 1986 montó la que sería única BBS en Zaragoza durante algunos años. Con su amigo Saúl Correas se dedicó a recorrer tiendas de informática en busca de colaboración para su proyecto, pero al final decidió que la única forma de hacerlo era dedicar a esa tarea su flamante PC 386 a 20 megahercios con sistema operativo Xenix que acababa de importar de Estados Unidos por el módico precio de 130.000 pesetas, y un módem de 2.400 bps. de Datatronics.
Aquella primera BBS se llamaba Bauhaus, pero cuando quiso conectarla a Fidonet descubrió que había otra en Andalucía con el mismo nombre y le cambió sobre la marcha la denominación a lo primero que tenía a la vista en aquel momento: Scroll Lock. Más adelante, ya en 1990, después de comprarse un disco de Public Enemy (Fear of a black planet), volvió a cambiar el nombre a su BBS. “Pensé que el nombre de aquel grupo le iba bien, ya que era el auténtico enemigo público de la economía de los usuarios a causa de las grandes facturas de teléfono que producía”, cuenta con sorna Michel.
La entrada en Fidonet le llevó a entrar en contacto con otros sysop (operadores de sistema) de BBS, especialmente con Jordi Murga (MSX ACC, de Lérida) y Ramón Martínez, que entonces aún estaba en Alicante con su Encomix. El mundo de las BBS era muy peculiar y hoy, con Internet mercantilizado hasta el último bit, resulta más insólito todavía. Su utilización era gratuita; los usuarios no pagaban más que su propia factura de teléfono, que no era poco, y por lo tanto los responsables del servidor tenían que pagarse de su bolsillo absolutamente todo: el ordenador, la línea telefónica y las largas conexiones nocturnas a Fidonet para intercambiar los correos de los usuarios entre las distintas BBS. ¿Filantropía? Más bien una pasión irremediable. Formaban grupos pequeños, se conocían entre todos, eran casi como una secta. Aunque con buen humor. Alrededor de Public Enemy (o Public Nme, que utilizaban como alias y que después sería el dominio que registrarían en Internet) se organizaban comidas –de hecho, aún siguen haciéndolo en la actualidad-, almuerzos de huevos fritos con chorizo en Juslibol los domingos por la mañana y las fidoolimpiadas: lanzamiento de discos de 5¼, levantamiento de PC...
La BBS de Michel Izquierdo estuvo funcionando en solitario en la ciudad durante cuatro o cinco años y ya en los noventa aparecieron otros nodos igualmente activos como El Sol (Fernando Beltrán), Movera (Francisco Bellé), Parser (Alberto Vicente, uno de los técnicos más cualificados de ese grupo, fallecido en 1998 en un desgraciado accidente) y Amigo Público (John Charles Broomfield). En muchas ocasiones, un papel tan importante como los sysops lo desempeñaban los usuarios, en general de un nivel técnico también muy avanzado. A bote pronto, Michel se acuerda de Carlos de Miguel, Jonathan Ruano, Juan Ramón Laguardia o el propio Antonio-Paulo Ubieto, que era de los pocos universitarios que tenía esa doble vida de contacto con el mundo pagano de las BBS.
Poco a poco el ambiente entre los responsables de las BBS españolas se enrareció y Michel se fue alejando de ese mundo hasta que dejó la suya funcionando en modo automático. Un día, en 1995, el disco duro se colapsó y se llevó por delante todo el trabajo de nueve años de funcionamiento ininterrumpido. “Ya no me sentí motivado para volver a montarla entera a partir de cero”, confiesa. Además, Internet empezaba a tener difusión en la calle y las BBS veían cuestionado su sentido. Michel apostó entonces por el mundo de la comercialización de videojuegos. Con su experiencia en materia de redes, podía haber dirigido con éxito seguro sus pasos hacia Internet, como hizo mucha gente de aquellos ámbitos, o el propio Ramón Martínez, con quien seguía compartiendo aficiones, cervezas e interminables horas de inexcrutable charla tecnológica. Pero Michel siguió a su aire, con sus propias convicciones, como siempre había hecho. Ahora se gana la vida con la informática y la venta de videojuegos.
Uno de los que sí se encaminó hacia el emergente mundo de Internet fue John Charles Broomfield. De padre inglés y madre asturiana -empleada de Opel en Figueruelas-, Broomfield es uno de los personajes más singulares que han formado parte de la tribu tecnológica aragonesa, aunque no el único de origen extranjero: el californiano Len Padilla, por ejemplo, trabajó varios años para Pixarnet –proveedor de acceso a Internet desde 1996 y especializado en el registro de dominios- justamente después de que lo dejara Broomfield, y posteriormente lo hizo también en PSInet.
John Charles fue compañero de Michel Domínguez en los jesuitas y acudió a él atraído por los encantos irresistibles de su Spectrum. Era un intercambio equitativo, porque le ayudó a traducir el manual del pequeño ordenador, disponible únicamente en inglés. Su relación se prolongaría durante bastantes años, sometida a todo tipo de peripecias. En una muestra de su forma de ser, Broomfield llegaría a montar una BBS propia con el nombre de Amigo Público para intentar reconciliarse con Michel (titular de Enemigo Público) después de una fuerte discusión entre ambos.
Su trayectoria nunca ha ido por cauces ortodoxos, aunque todos reconocen que tenía un gran nivel técnico. Con el Centro de Cálculo de la Universidad llegó a tener algún roce a propósito de sus actividades como hacker. Estuvo dos años en el Reino Unido trabajando en el desarrollo de videojuegos en red y regresó a Zaragoza con 21 años. Como operador de su propia BBS terminó entablando relación inevitablemente con Ramón Martínez, con quien tenía en común además la amistad con Michel Izquierdo.
Acabado el servicio militar, Ramón había retomado su actividad con Encomix BBS. Aunque seguía conectada a Fidonet, Internet empezaba a configurarse como una opción más atractiva, tanto por el correo electrónico como por otros servicios del tipo Telnet. Estaban en 1992 y en España existía un único proveedor de servicios de Internet, Goya Servicios Telemáticos. Encomix se planteaba ya la posibilidad de convertirse en un servicio comercial; sin embargo, ofrecer correo electrónico de Internet a través de Goya resultaba inalcanzable por los precios que les pedían y que llegaban hasta casi veinticinco pesetas por kilobyte para mensajes intercontinentales. Durante ese año y el siguiente, Ramón siguió buscando alternativas para conectar su servicio a Internet y empezó a colaborar también con Armando Ramos, que había seguido una trayectoria similar a la suya.
En 1994 registraron por fin el dominio encomix.com y decidieron crear una empresa, Clerval S.L., para dar servicio comercial de Internet desde una oficina en la avenida de Valencia, en Zaragoza. Fueron en ese momento la segunda empresa que hubo en España de su género y tenía una cualidad especial que entonces resultaba inédita: tenían tarifa plana. En aquellos tiempos era habitual que las empresas de servicios telemáticos no diesen conexión a Internet permanente y en tiempo real, sino que contaban con una pasarela para enviar o recibir las informaciones de interés de sus clientes (correo, grupos de noticias, etc.). En Encomix también funcionaban así en sus comienzos; acumulaban las tareas y por la noche tenían que conectarse mediante llamada telefónica internacional a nodos de acceso a Internet en Inglaterra o Alemania para despachar los asuntos del día. Eso hizo que las facturas telefónicas se dispararan, mientras que los ingresos eran más bien escasos, pues al fin y al cabo Internet era todavía en España, fuera de la Universidad –y estos no necesitaban pagar para conectarse-, cosa de un puñado de tecnofanáticos. Más adelante vendría la asociación con Intercomputer (ver el capítulo dedicado a Santiago Baselga). Para entonces la relación de Broomfield con Martínez se había enrarecido y en la operación sólo participaron Ramón y Armando.
Seis años después, John Charles aún habla de aquel episodio con amargura. Lo hace desde isla Guadalupe, en el Caribe francés, a donde fue a parar en 1996 siguiendo a su novia, que había elegido tan exótico destino para realizar sus prácticas como lectora para conseguir la licenciatura en Filología Francesa. Él pensó que se iba para unos meses, pero a finales de 2001 sigue todavía allí, al frente del proveedor de acceso a Internet más importante de la zona y considerando la posibilidad de aceptar un contrato para un puesto similar en Miami a partir de abril de 2002.
Ramón Martínez, mientras tanto, medita concluir sus dos años sabáticos y volver a poner de nuevo su reconocido talento al servicio de las redes, esta vez en el campo de la seguridad telemática. Sería una nueva vida. Él ha cambiado, pero han cambiado mucho más el mundo e Internet.
Ahora que aquellos niños geniales que protagonizaron las primeras incursiones por las redes se están haciendo mayores (¡apenas tienen treinta años!), cabe preguntarse qué perfil y qué inquietudes tendrá la siguiente generación de emprendedores. Internet empieza a ser una tecnología consolidada, el factor sorpresa se está diluyendo y las grandes empresas empiezan a concentrar buena parte del talento disponible, reduciendo el espacio para los outsiders y los intrusos; es lo que siempre ha sucedido en la historia económica de las tecnologías. Cada vez será más difícil encontrar resquicios como los que aprovecharon algunos de aquellos pioneros. Pero no está escrito que sea imposible.
Uno de los que lo creen es Javier David García Lasheras, estudiante de segundo curso de Ingeniería de Telecomunicaciones en la Universidad de Zaragoza. Javier es el mayor de tres hermanos de una familia de Buñuel, en la ribera navarra del Ebro, y su ilusión era ser físico porque es un apasionado de la ciencia: ha ganado varios premios escolares y representó a Navarra en la Olimpiada Matemática del año 2000. Pero su padre le convenció de que estudiara para teleco. Así que llegó al CPS prácticamente sin haber visto un ordenador en su vida.
Durante las prácticas de la asignatura “Fundamentos de Computadores” se le ocurrió lo que él define como “una sencilla idea para acelerar el funcionamiento de los sistemas de procesado”. Como en las simulaciones iniciales se mostraba eficaz, se embarcó en una investigación más avanzada para completar el planteamiento del proyecto. Pese al escepticismo de su profesora, se presentó con él al XIV Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores, donde obtuvo el primer premio. Alarmado por el hecho de que los planos técnicos de su invento desaparecieran inexplicablemente de su stand, Javier decidió patentar cuanto antes su Intelligent Clock, -con el que, según sus cálculos, se puede incrementar hasta un 40 % la velocidad de trabajo de los ordenadores- y se ha dirigido a distintos fabricantes de microprocesadores en busca de apoyo para poder materializar su proyecto. Con el desparpajo que le dan sus diecinueve años, García Lasheras dice: “Si en primero he logrado algo así, no sé qué podré hacer en los cinco años de carrera”. De momento su cabeza se ha llenado de sueños electrónicos, que es por donde debe empezar hoy un emprendedor.