Huele a Paris (novela, fragmento)
Voy desperezándome poco a poco. Estoy subiendo por una escalera mecánica de algún ferrocarril metropolitano, pero todavía no sé de que metrópoli. Vuelto de espaldas, voy buscando algún viajero que suba detrás mío. Es una vieja costumbre, se diría adquirida en alguna cueva de la vieja Tracia. Nunca hay nadie. Me giro y salto al siguiente tramo, salto la barrera, el último de un pelotón de antílopes humanos. Atravieso un parque subterráneo de farolas-árboles y trepo los peldaños olfateando el aire: olor a la vieja Europa. Reconozco la luz. Estamos en París, 1987, y alguien ha quemado un libro.
La salida de La Defense semeja un hormiguero humano, con círculos concéntricos de escaleras bajando hacia el agujero de salida del Metro. Eva esperaba arriba, sentada en el primer círculo, mirando aburridamente a los viajeros. Periodista de pelo rizado con descuido, pecotosa y miembro honorario de la alta sociedad bohemia parisina, se dice que Tardi la tomó de modelo para Adele Blanc-Sec, esa mujercita de principios de siglo siempre rodeada de líos detectivescos, peleas de científicos locos y amenazas de megalómanos golpistas. Sí es cierto que de cuando en cuando la gente acude a ella para casos desesperados, y no dejan de tener cierto crédito los rumores sobre su implicación en algunas tramas políticas que no es prudente narrar aquí. Pero en cuanto a científicos locos, prefiere hacerme venir a través de media Europa en vez de aguantarlos ella.
-No se te ve muy contento. Parece que hayas cruzado media Europa.
-Muy graciosa. ¿Dónde está ese gerifalte que quiere verte?
-Vernos. Cuando hable con él por teléfono le sugerí que tu compañía podría ser útil, pero el ya estaba al tanto. Vamos por aquí.
-Pues ya me dirás que pinto. No, claro, me alegro de que te hayas acordado y está bien volver a recorrer las calles y todo eso, pero ¿qué hay que tú no puedas ver?
-Bueno, Watson , ya sabes que siempre me alegro de contar con tu amistad y compañía, y además de cuando en cuando tienes inspiraciones...
-No veo la niebla por ningún lado.
-Uff, andas realmente agotado. Es este ascensor. Último piso. ¿Tan mal fue el viaje?
-Mira –tomé aliento-, me tumbé a dormir en el compartimento de al lado, y cuando ya cogía el sueño me despierta un vejete con un francés peor que el mío... “Es ce que vous êtes un terroriste”. Yo pasmado ¿Mande? ¿Que si soy un terrorista? “La valisse, la valisse”, el tío explicando que si había dejado la maleta en su compartimento y había salido y que claro, no me había visto volver, y a ver si iba a ser uno de esos que van dejando bombas en los trenes y tal. Claro, y entonces hay que despertar al presunto terrorista y preguntarle si sería tan amable de pegarte dos tiros porque lo has descubierto.
-Es lo que haría cualquier persona decente
-Total que nada, lo tranquilizo, me vuelvo a estirar y al cabo de una hora me viene otra vez medio borracho “Where re ou from?”, que si soy argelino. Le digo que no, que soy español, y el tío salta que muy bien, que si fuera argelino habría tenido que darme una paliza porque él es neonazi o viejo nazi, pero muy muy xenófobo y que está muy bien que sea español y que esto de Francia no le gusta nada y que muy bien y que gran hombre Franco y que viva Franco. Pues eso, que viva, que al menos nos dejaba dormir, le suelto. Y cuando el tío que se va por el pasillo dando vivas y tumbos, el revisor, que debía estar muy de acuerdo en que si yo no era argelino al menos era español y merecía sufrir, me viene a decirme que ese compartimento está reservado y que me vaya a mi asiento con el tiparraco o que me busque sitio en el vagón restaurante...
El ascensor se paró. Un secretario nos esperaba para guiarnos. Eva sonrió con cortesía y luego hacia mí con un poco de reproche...
-¿Has acabado de quejarte?
No me pude aguantar.
-Espera. Llevaba tan mala cara que un correo me ha tomado por su contacto, ahí en Ópera. Estaba esperando al metro y llega el tío, se sienta al lado mío, sonríe y se va dejando la mochila. He tenido que salirme del anden y cambiar de línea. Tres transbordos tontamente.
-Hmm... Actually, no era un correo.
-¿No? Había hasta un tipo trajeado controlándolo a distancia.
-Acaba de explotar una bomba en Ópera. Por eso está medio vacío el Metro.
-Pues llevaría una bomba, pero el tío creía ser un correo. Y casi me la regala. Que asco de mañana llevo.
Los lectores comprenderán que, dado el escaso tiempo que ha pasado, omita precisar el edificio al que acudimos y el nombre del cliente de Eva. Este salió presto a recibirnos, de forma bastante tradicional.
-Miss Eddington, no sé como agracecerle que nos haya prestado su atención. Es un caso muy, muy peculiar y necesita de mucha discreción. Y usted debe ser...
-Luis Inglaturre, para servirle.
-Sí, su famoso Watson.
-Así me llama Eva cuando esta enfadada. Piensa que no he conseguido salir del siglo XIX.
-Le agradezco mucho su esfuerzo para venir aquí.
Interrumpió Eva: ¿Podría contarnos con detalle que sucedió con el objeto dañado?
- Sí, por supuesto -nuestro cliente nos guío a través de lo que parecía ser un desordenado museo de tecnología mientras se explicaba. Como pueden ver, los, er, propietarios de la empresa han tenido siempre un cierto cariño por nuestros orígenes. Muchos de estos objetos provienen de nuestras propias fábricas, no hemos sido siempre una empresa de telecomunicaciones...
-Sí, sí, nos hacemos a la idea. Por favor...
-Bien. El asunto es que alguien ha venido al menos dos veces a esta planta a pasearse por el museo.
-¿Dos veces?
-Eso pensamos porque faltan las cintas de vigilancia de dos días del último mes.
-Ya veo. Prosigamos, por favor.
-Hace poco habíamos adquirido un buen paquete de libros de un eminente biólogo, André Bauillard.
-Oí de su muerte –interrumpí yo-. Una gran pérdida.
-Sí –asintió con automatismo nuestro cliente. Su colección era espléndida, incluyendo primeras ediciones clásicas, como esta de la Enciclopedia, y varios libros muy relacionados con nuestras actividades químicas.
-Amen, veo, de cosas mas exóticas.
-Una pequeña librería de referencia de alquimia, cosas históricas...
-Hmm... y ¿cuál fue el tomo que ardió?
-¿El tomo? Mire esta urna. Cinco volúmenes de la Enciclopedia carbonizados... lo hizo en la segunda visita, con algún liquido inflamable.
-Naturalmente, saltando todos los controles de seguridad.
-Le puedo asegurar que no está bien visto circular con cócteles Molotov por el edificio.
-Bien –Eva olfateaba uno por uno los volúmenes restantes, apartando un par de ellos y jugueteando distraídamente a abrirlos al azar. Entiendo su preocupación por la seguridad, no lo estamos criticando, el caso es... er...peculiar.
- Justo. ¿Pero de qué se trata? ¿Un arranque por quemar el museo y ponernos en evidencia?
- Quizá buscaba alguna otra cosa
- No hay puertas secretas... Hmm, si tenemos algo que ocultar, está a la vista. Hay por supuesto algunos objetos de propiedad dudosa, pero justo estamos obligados por ello a tenerlos visibles...
- ...para hacer valer su propiedad por desidia del anterior dueño.
- Por ello mismo queremos...
- ...llevar las cosas discretamente.
- Amen del escándalo, por supuesto.
- Claro, amen del escándalo. No se preocupe.
...
Bajamos al hormiguero. En uno de los bancos del bosque de farolas había un hombre joven, concentrado en teclear en un ordenador portátil. Eva se acercó, le pasó una nota y volvió sonriendo. “Bueno Luis, ¿qué te parece?. No mejor, espera que lleguemos a casa.” Miré alejarse al hombre del macintosh mientras asentí. “Si, ya veo que hay oídos en todas partes. Y parece una práctica muy astuta contratar a un periodista cuando quieres tener un secreto guardado” -agregué.
Para vigilar a Eva no hacen falta oídos porque hay que atravesar es un océano de manos, ojos y besos de pintores y poetisas, según se cruza hacia su ático de Sacre Coeur. De cuando en cuando algún pintor se demora más, o ella con él. Los viejos amores son besos tiernos pero más cortos que los recientes, y las caricias de las miradas van calentando los que serán más adelante. La marea bohemia es además una barrera que tradicionalmente impide el acceso de clientes, pesados y familia a la azotea de Eva. Los que notaron mi presencia dejaron entrever un brillo de interrogación o desconcierto, preguntándose si sería hermano, confesor o qué.
Ya en casa, el cuarto de invitados estaba ocupado por una chica medio congelada. Al parecer Eva dejó su terraza a un supuesto artista fotógrafo para tomar unas cuantas fotos del amanecer sobre los tejados parisinos, y al carcamal no se le ocurrió otra cosa que hacer posar desnuda a su modelo durante toda la maldita madrugada francesa. Cuando Eva llegó por la mañana se ocupó de clavarle una buena bronca al artista, y desde luego era mejor que la moza recuperase calor en casa. Eva se puso a hacer ensayos con distintos polvillos rascados de los libros quemados –y de algún canto que había arrancado discretamente, me temo. Así que pasé la tarde haciendo cabalas sobre el caso y ayudando a entrar en calor a Nina, la modelo, hasta que nos interrumpió un amable motorista de la oficina postal. Eva tomó el telegrama y bajó a interrumpir mis esfuerzos de primeros auxilios.
-Es la respuesta al recado de esta mañana.
-¿El del metro? Ahora los hackers emplean telégrafos... Esto es más decadente que Inglaterra.
- Bien, bien. Louis, salta del sofá y deja de rezongar, vamos de paseo.
-Me lo temía.
-Y Nina, hija, si ya estas bien, mira de dejar el cuarto habitable para que Luis pueda dormir esta noche. Solo, quiero decir.
Escaleras abajo, atrapamos un taxi e hicimos una rápida galopada a los sótanos de la prefectura en la Ile de France. Dejamos atrás las salas de lujo, llenas de decimonónicas alegorías de la libertad, la igualdad y la reducción de impuestos, y descendimos al ambiente frío de depósito de cadáveres donde un funcionario, avisado previamente desde el móvil, nos estaba esperando.
-¿A qué vamos? ¿A visitar tus suicidas de este mes?
- Le vi, me amó, creció el fuego,
se murió, no es culpa mía;
y admiro vuestro candor,
que no se mueren de amor
los donceles de hoy en día.
- ¡Viva Doña Eva de Montemar!
- Gracias. Pero no, no tengo ninguno en la cuenta este mes. Pero igual tu sí. ¿Qué te parece éste?
-Que estaba mas vivo con una mochila al hombro. Sí. Es el mismo.
No se me ocurría ningún comentario lo suficientemente cáustico para desligarme del fiambre que esa mañana podía haberme acribillado de metralla, pero afortunadamente en ese momento una puerta crujió con violencia y tuvimos una aparición oficial con cara de pocos amigos.
-Bien, bien, Eddy, ¿cómo tú por aquí? ¿Qué hay de interés en un traficante de poca monta congelado?
-Er... hola... Permitidme que os presente. El teniente DesChamps, de la Surété. Louis Inglaturre, un amigo.
-Encantado. ¿Así que este tipo estaba traficando con algo lo suficientemente gordo para que den carta blanca a una husmeadora? ¿Qué es eso del Krocon?
-¿Disculpa?
- El chaval tenía una nota –muestró un papelito en la tradicional bolsita de plástico protectora, una breve nota manuscrita “·3.57 KROCon, Pasteur”- ¿De verdad no os dice nada?
- Pues no. Y –respondió Eva con un brillo en los ojos- piensas que esto es algo del Instituto Pasteur, ¿no?
-3.57 dosis de algo llamado Krocon. Vete a saber que nueva droga andarán probando esos cientificuchos.
- Quién sabe –se evadió Eva. Si alcanzaramos a localizar una sustancia así...
El teniente remata:-...me gustaría que me avisarais.
-No dudes que lo haremos. Muchas gracias por, ejem, atendernos.
Pasteur 3.57 KROCon
-Las primeras letras estaban en mayúsculas. Imagino que hay un espacio entre la O y la C, esto es 357 KRO Con. Obviamente una signatura. Búscame una CDU. Ah, perfecto, el 357 es política, izquierda en general... KRO será evidentemente KROpotkine
-La conquista del pan.
-¡Muy bien!
-¿Y qué tiene que ver con el Pasteur?
-Eso es fácil para una socia de “les amis du chat”... hay un párrafo que dice algo así como “Mandad a Pasteur a trabajar a las alcantarillas, y veréis como en dos semanas están tan limpias como las salas de cualquier hospital”.
- Hmm, ahora que lo pienso, Pasteur trabajó algo en cuestiones de óptica. Enantiomeros de los cristales del vino. Un trabajo de chinos, separando cristales a ojo.
-Perfecto. Yo tengo algunas otras cosas que arreglar. Nos vemos por la noche. ¿O por la mañana?
-Creo que puedo dormir hasta tres días. Buenas noches.