Madrid castizo y olé

undated (1996-2003 by context) · Relatos, poemas y fragmentos · 584 words · recovered from win/Escritorio/alejo/MADRID CASTIZO Y OLE.doc

MADRID CASTIZO Y OLE

En vez de tomar la cuesta de las descrgas, Arturo callejeo un poco para el balcon de las Vistillas y obligo a su yegua a descender cuidadosamente por la bajada que desembocaba en el Campo del Moro. Un capricho para cruzar la mirada con la guardia pretoriana que cortaba el acceso a los jardines y recordarse, con un bufido de disgusto, que la república aún tenia Rey. “Bien que quedan pocos meses” –pensó mientras tiraba Manzanares arriba- “para que se cumpla lo acordado.”

Antonia y Mari le alcanzaron desde el puente de segovia. El airoso trote largo de Antigona?? entre las dos motocicletas destacaba aun mas el anacronismo. Poco antes de la agitación habian conseguido la tierra de nadie entre la Cornisa de San Francisco y la Iglesia, una ocupacion que por estrecha y alargada a nadie le valia, pero que resulto ser un establo aceptable. Bueno, quizas Empedocles, … y … preferirian un poco mas de anchura que la que se gano desatascando los muretes, pero no andaban los tiempos para muchas mas alegrias.

“Un dia te pasará algo” – refunfuño la voz de Toña, un poco alterada por el eco de usar un manos libres dentro de un casco. O al menos esperaba que fuera sólo por eso. Mientras pensaba una respuesta adecuada, ella acelero y dio un vistazo de vigia alrededor del puente de los Franceses. “Despejado”. Habia oido que los estudiantes proponian reconvertir el arco de la victoria en un monumento a Durruti. Cien metros de imprecisión no debia parecer demasiado grave a tanto reconstructor de historias.

“Mar, ¿puedes acercarte a Moncloa a husmear que se cuece? Toñi parece que tiene ganas de hacer de escolta hasta las escaleras de la facultad ”

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Edmundo llegó de Mexico hará tres años, como mariachi de Antoni Valdes, el indiano del barrio. Antoni iba y venia por las terrazas nocturnas y los bares de vermuteo, siempre con Edmundo de sombra. Los que peor lo llevaban eran los músicos callejeros, que pronto aprendieron que la calle que ocupaba Antoni no podia ser acosada con sus violines desafinados o con esos saxos tronantes que apoyaban en la oreja de los progres hasta que soltaran cuatro duros. Edmundo se tomaba muy en serio su trabajo y no permitia ninguna musica que no sintonizara con el estado de animo de su patrón. Y Antoni no habia hecho su fortuna precisamente haciendo caso a indirectas, asi que ni siquiera le hizo mella la colecta pública para comprarle un walkman. Fue un alivio cuando el indiano comenzo a dedicarse a plantar un jardin de naranjos en la reaterrazada plaza de la paja y poco a poco las costumbres de su niñez se impusieron a las importadas.

Edmundo no pudo evitar el reflejo de arrancarse en un corrido revolucionario cuando comenzaron a oirse los cascos de Empedocles resonando por la plaza de Lavapies. Los vecinos mas jovenes de Argumosa intercambiaron alguna que otra sonrisa; quien más quien menos recordaba la carga que el caballo habia hecho contra la barrera policial de la carrera de San Jeronimo, cuando la arenga de las escaleras del congreso.

¿Tungsteno?. “160, estoy tirando a un medio”

Las dos chicas parecen artesanas en comparacion con las ametralladoras de videos, cámaras y polaroids que asola la ciudad.

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