Señores (relato epistolar, la cueva)
Señores: mis hijos me han pedido que dicte esta carta. A algún amigo le alegrara saber que sobrevivi a los primeros síntomas; he decidido dedicar mis últimos años a consolidar y limpiar la cueva. Quizás, pienso, se pueda hacer de ella un museo algún día. O quizás simplemente es que estoy cansado y busco acelerar el proceso. El calor de las paredes es ahora mínimo, sobre todo cuando recuerdo aquellos cementos de Chernobil. Pero aun suda cierta actividad. Es como vivir de nuevo en el útero de la madre, el calor te da seguridad, descanso...
Debía ser mucho mas pequeña cuando los mineros la encontraron. El calor del reactor natural había ido fundiendo los otros materiales, tallando un hueco sorprendente, completamente diferente a los del karst. Murieron cientos en JoachimStahl cuando los picos hallaron el agujero. Por ellos hemos sabido desde siempre del peligro; cuando el pico golpea la pechblenda, mal agüero, la desgracia anda suelta cerca.
El peligro. Podría pensarse que no queda nada; los propietarios –nunca los obreros hemos tenido la mina; unas veces el duque, otras el estado- enviaron a Francia la parte más rica para cierto regalo de bodas; nos pareció a todos apropiado que el descubrimiento “oficial” se hiciera con la misma veta que el primero. Pero quedan otras vetas, suficientes para que el gobierno insista en mantener unas centrales que parecerían arriesgadas a mis bisabuelos.
El médico que vino a tratar a aquellos obreros entendió la piedra. Votamos, digo, votaron por el ocultamiento. ¡Durante mil años fantasia, locura de cuadradores de círculos; de repente se hacía realidad! Ahora veían caer a los compañeros, pústulas en la piel, pulmones abrasados... Comprendieron que el horror sería perpetuo si los codiciosos les hacían cavar en su búsqueda. Eran otros tiempos, los gremios aun eran fuertes, y los patronos ya estaban ganando rios de plata de las minas recien abiertas; tenian mucho que perder si nos plantabamos. El doctor estaba escribiendo un tratado, pero también se comprometió a no dejar siquiera la mas minima pista... Una vez me entretuve leyendo el libro; no entiendo latín, pero un tal Hover, presidente de los USA, se molesto en traducirlo al ingles. Era divertido ver los grabados de la maquinaria que he conocido desde la niñez, las viejas ruedas y bombas de agua que nos despejan el acceso al pozo. Sólo los que ya habían tenido niños podían sumergirse en el sifón y cruzar a este lado.
Y era cierto que el buen doctor no mencionó nunca la piedra, pero sí que comentó a cambio el mineral blando, el flúor, que tampoco había sido catalogado. Cierto que alguien lo habría hecho luego, y que del disolvente universal ya se sospechaba su existencia. Pero cuando el disolvente se mezcla con el uranio es tan volátil como el alcohol. En España oí de un escape en cierto laboratorio, creo que en la propia junta de energia nuclear. Cuentan que el disolvente acababa con las ropas sintéticas, que una ayudante gritaba de pánico al ver como sus medias eran carcomidas por el hexafluoruro, y que quizás sus gritos la salvaran de respirar la cantidad suficiente. Cierto es que los españoles están acostumbrados al caos. Una vez detectamos el escape en Portugal; lo rastreamos arriba del Manzanares hasta el túnel del laboratorio, por debajo de Moncloa. Tuvieron que talar los árboles: las hojas de otoño tenian demasiada radiación. De eso tambien supimos nosotros. Pobres bosques de mi tierra, cuanto sufrieron por las minas.
Mis antepasados hicieron pruebas con las piedras. Intuyeron que no todo el compuesto era activo, que había que concentrarlo. Ocurre lo mismo con el receptor: Sólo un isótopo del mercurio se puede dirigir al oro, a traves del platino. Así que hay que destilar y destilar hasta que se han separado los isotopos. Quince años de paciencia, de prueba y error, de usar la razón para entender la naturaleza. Asi es como la piedra transfigura al alquimista.
Siglos también de paciencia para entender que es lo que estaba ocurriendo. No lo averiguamos nosotros; en el XIX la gente comenzó a comprar la piedra en pequeñas cantidades ¡afortunadamente!, para dar color amarillo a la vajilla inglesa. Esto lo teníamos como inevitable; no en vano nuestra propia Bohemia es un país de sopladores de vidrio. Y así era inevitable también que descubrieran y explicaran el fenómeno. Mi tatarabuelo estaba tan orgulloso de ello como si lo hubiera descubierto él mismo; para el resto de la familia fue un alivio verlo guardar para siempre sus bártulos de destilación... sobrevivir al azogue del mercurio es casi mas difícil que a la radiación de la cueva. Aunque nos dio un susto terrible cuando se empeño en ir él mismo a entregar el cargamento a los Curie. ¡Él, que tan sólo salido del pueblo tres días a Praga!
¿Entienden ahora que no podíamos dejar de ir a Ukrania? En cuanto llego la noticia del escape, no nos preguntamos si el viento traería o no el fall-out aquí. Fletamos un autobús de voluntarios y nos echamos a la carretera. Llevábamos centenares de años preparandonos para eso, no para jugarnos la vida, sino directamente para perderla. Con la piedra no se juega nunca a ganar. Aquel día cavamos hacia el núcleo y lanzamos todos los amortiguadores, toda la magia que conocíamos, quinientos años de I+D que apenas contuvieron el desastre.
Se supone que para eso les escribo, para recordarles lo arriesgado del juego. Pero quizás sólo es una promesa a un amigo al que entonces no pude contar de donde salía nuestro equipo: tovarich, ya ves que no hay ninguna historia de espías, sólo un viejo gremio obrero y sus artificios. Y quizás ni siquiera es la fuerza de la promesa, sino solamente el cansancio del que ya ha jugado todos los juegos. Aunque... aun puede que busque los alambiques del tatarabuelo, deben estar en alguna de las galerías...
Mm... ¿los vi en el tunel de debajo del doble beta? ¿o en la piscina de neutrinos? ...
(*FIN DE TRANSCRIPCION*)