Sobre la escuela y la creatividad
Más de una vez nos hemos quejado contra la presunta abundancia de los almacenes occidentales; esa abundancia que es solo de colores y etiquetas: cuando uno examina el contenido, averigua que estantes enteros de un supermercado consisten exactamente en el mismo producto, a veces incluso fabricado por la misma compañía. Es normal, nos decimos, a fin de cuentas el motor del capital es la escasez, y de algún modo tienen que disfrazarla de abundancia si quieren que el tinglado aguante. Pero vayamos a un mercadillo alternativo, donde los colectivos intercambian sus propios productos y nos daremos una sorpresa. De los libros y discos ya esperamos, lamentablemente, que el acceso a la imprenta industrial los fuerce a ser idénticos a cualquier manual de autoayuda o a la enesima grabacion de la canción del verano. Y claro, lo mismo con la ropa, ¿cómo va uno a luchar contra la eficacia de los telares masivos del capital? Las herramientas, si no las queremos de fabricucha taiwanesa, tendremos la “oportunidad” de comprarlas de segunda mano de alguna multinacional del bricolage, las mismas que en el hipermercado. A regañadientes uno se conforma, pero entonces llegamos a esas hileras de artesania elemental, realizada por cientos de artesanos, y todas indistinguibles. ¡Mantas y mantas de venta ambulante jugando al mismo producto! Buscamos un herbolario que sepa destilar sus medicinas o un cocinero que venga a ofrecer sus postres, y apenas de cuando en cuando entrevemos un puesto que destila algun licorcillo de hierbas que no se encuentre en la tienda. ¡un convento de monjas tiene más variedad!
¿Qué esta pasando? ¿Cómo se ha conseguido que los rebeldes contra la propiedad se plieguen a la ley del capital, a la producción especializada? Veamos. Dos parecen ser las vias por las que se aniquila toda variación: una es obvia, la propia capacidad del capital para apropiarse de palabras y objetos; la otra queremos pensar que viene de una deficiencia en la educación práctica. El mecanismo de la primera via lo dirige el dinero, o como dicen ellos, el mercado: un taller liberado tiene que hacer cosas que no se parezcan a los objetos del capital si quiere evitar ser vencido en competencia directa o, simplemente, para demostrar que no juega a la compra-venta establecida por el sistema: La gente que acude a este mercadillo difícilmente admitirá como cultura alternativa una estufa catalítica o una cacerola de hierro, aunque hará la vista gorda ante una camiseta de algodón cuyo estampado sea radicalmente diferente del de un Niké y no preguntara quién ha curtido una chupa de cuero si la tintura y su cosido es el adecuado.
Aún con estas restricciones, uno debería esperar más diversidad en los productos. Surge aqui el segundo problema, que no tiene que ver tanto con el mercado sino con la enseñanza: ¿Cómo se hace tal o cual cosa? ¿Cómo se aprende a hacerla? Pues el producto debe estar al alcance de sus conocimientos y habilidades, pero la escuela no enseña ni arte ni oficio hoy en dia, y el aprendiz sólo tiene a su alcance aquello que puede ver hacer en la calle. La producción se limitara a aquello que se puede copiar casi sin maestro que lo enseñe y sin taller en que practicarlo, simplemente con un amigo que pueda dedicar unas poquitas horas a contarnos alguna tecniquilla que no necesite de demasiadadas repeticiones para la maestría. Descartemos pues el reconocer plantas en el bosque, el extraer metal de las piedras, el cocer el barro para colorear vidrio, el forjar cuchillos de acero o el reconocer el arbol del que tallar una cuchara de madera, por nombrar unas pocas posibilidades.
Aquí esta uno de los pilares del sistema, tal como lo diseñó con pavorosa sinceridad Adam Smith: los educadores deben tener encerrados a los chicos durante diez años para formarles como ciudadanos, en absoluto para aprender a hacer cosas. Su obligación es la eficiencia del trabajo especializado, que no necesita de aprendizaje.
Un segundo ejemplo nos permite ilustrar esto (y quizás apuntar un tercer problema): Cuando visitamos una ocupación, urbana o rural, resulta extraño que, por muy antigua que sea, no se hayan construido o reparado los elementos mínimos para la habitabilidad: calor, agua, luz, fuerza -sea eléctrica, hidráulica o de vapor-, están siempre en precario. No es una cuestión de legalidad o propiedad desde el punto de vista que puede tener el sistema, ya que de partida el colectivo no cree en ellas, e incluso en casos donde la propiedad ha sido cedida a algún sindicato o organización independiente no se ve gran mejora. Los problemas de ejecución no son más complejos que los de una radio libre o los de un encierro protesta muy prolongado. Así que más bien las cosas pueden ir por otro lado: Si no quiero pasar por el aro de manejar dinero y llamar a la empresa constructora, al plomero o al electricista, díganme entonces: ¿Como se hace el cemento? ¿Cuanto tarda en fraguar? ¿De donde saco plomo, vidrio, o una simple escayola? ¿Cómo se que no se va a caer ese refuerzo? Pero si tengo que pasar por el juego del capital y de comprar las cosas e incluso el trabajo especializado, los conocimientos, para tal o cual mejora... ¿no me resulta ya más afectivo sacar a la venta un producto que sepa hacer y con este capitalito de bote contratar lo necesario? Y así ya ha caído uno de nuevo en el mecanismo del capital.
Un paréntesis aquí: fijaos en que si se trata, como cualquier manual dice, de vender los excedentes para conseguir lo que no se tiene, nada mejor entonces que fabricar algo que sea inmediatamente excedentario, por ejemplo una actuación cultural o alguna artesanía ornamental. Los que juegan dentro del sistema incluso llegan a el producto ideal del mercado: vender dinero. Por ejemplo una lotería. Aquí no caemos tan bajo, pero ponemos otra piedra en el castillo de la uniformidad.
¿Cuantas cosas diferentes saben hacer los miembros de una ocupación rural, no digamos ya de una urbana? Si lo que nos ha juntado es una cierta afinidad de gustos, sea de hacer malabares o de pintar cuadros, es obvio que eso será un conocimiento común, y de ahí a hacer este conocimiento el producto excedentario y especializado que el capital nos recomienda vender la tentación es grande.
La receta es volver al sentido común y darse cuenta de que no se trata de vender lo que sobre, sino de conseguir lo que falte. Lo primero es pues que no falte, que la comunidad sepa hacer lo que se precise. Siempre faltara algo, claro, y entonces es cuando entra uno en el comercio, pero ofreciendo simplemente nuestro montón de diversidad acumulada. Si es de verdad variado, algo habrá allá que a los vecinos les venga bien. Y si resultara que a pesar de ser abundante resulta similar al de nuestros vecinos, quizás podemos aliarnos, enseñarnos mutuamente, y fabricar en común lo que a ambos nos falta. Pero todo ello, claro esta, a condición de que sepamos como aprender a hacer las cosas.
Volvemos pues a la cuestión de la educación y a cierta responsabilidad de los educadores, incluso más de los que se plantean escuelas de corte libertario. Veamos que es lo que se enseña y veamos que es lo que se puede enseñar. Practicas que no sean tortura, que muestren cómo las cosas no son tan difíciles y son agradables de hacer. Bibliotecas que permitan buscar ese conocimiento que no se tiene ¿hay cobre en mi pueblo? ¿como se prepara un horno? ¿de que sauce saco la aspirina? Pero mal van a enseñarse estas cosas si cada asignatura es un ente cerrado para ser examinado y aprobado, pues ninguna enseñanza es cerrada en sí misma. No sacaremos hierro de la pirita si el profesor de geología no se habla con el de química. Ni bombeara agua nuestro molino si el de matemáticas esta reñido con el de física y este a su vez pasa de los trabajos de manualidad. Y dejaremos a los chicos en medias tinieblas si no saben leer en una biblioteca aquello que les falte, ni oir al pueblo cantar sobre las plantas y la tierra, ni gozar kilometros de aire limpio, morral y zapatilla mientras busca alguna planta para su licor.
No caiga, de todas formas, todo el peso de la responsabilidad sobre los educadores. Tampoco podemos entender como no salta la rebelión entre los prisioneros del instituto secundario y de la universidad del capital. De cuando en cuando saltan, ya con periodicidad digna del sistema, esos chisporroteos de ira, de sentirse engañados y atrapados. Pero enseguida la masa grita “enseñadnos a ser mejores para el sistema, a hacedlo mas solidario, mas eficiente”. No se oye, en cambio, “avivadnos la curiosidad, enseñadnos las herramientas, dadnos pie para que hagamos lo que no esta hecho”. O quizás deberíamos todos saltar al cuello de los pedagogos del sistema y asaltar las bibliotecas y tomar el laboratorio y comenzar a aprender y enseñarnos entre nosotros , a fín de cuentas el sistema perdura con pedagogos que saben mucho de eso, de pedagogía, pero que no tienen obligación de conocer materias más allá de lo que ponga en los libros de texto de sus alumnos. A imitación de esas “ayudas investigadoras” que te exigen anticipar lo que vas a descubrir, estos libros desarrollan la “creatividad” de lo que ya esta creado y muerto. Bien hacen los estudiantes en desconfiar de todo ello; tan sólo querríamos que se dieran cuenta de lo que se debería pedir, justo aquello que no te van a dar, aquello que –como se decia antes- habrá que arrebatar, y quién sabe si resucitar.